Familia : Myliobatidae
Texto © Sebastiano Guido
Traducción en español de Ignacio Barrionuevo
La Manta de arrecife [Mobula alfredi (Krefft, 1868)] pertenece a la subclase Elasmobranchii, peces con esqueleto cartilaginoso, al orden Myliobatiformes y a la familia Myliobatidae, caracterizada por grandes aletas pectorales, semejantes a alas puntiagudas, una zona tronco-cefálica aovada que sobresale ciertamente sobre las pectorales, una pequeña aleta dorsal y una larga cola en forma de látigo desprovista de una aleta caudal aparente y complementada, en algunas especies, con una espina venenosa.
Como sucede en casi todos los Myliobatiformes las branquias se abren en la parte ventral, mientras que los espiráculos emergen dorsalmente.
Las aletas pectorales bordean la cabeza, carece de membrana nictitante y el morro está dotado de órganos electrorreceptores.
El nombre del género proviene del nombre local de una raza caribeña.
El epíteto específico hace honor al príncipe Alfredo de Sajonia-Coburgo-Gotha que, capitaneando la fragata HMS Galatea, dio la vuelta al mundo (enero, 1867 – junio, 1868).
El nombre común especifica que, a diferencia de su pariente la Manta gigante Mobula birostris, (da cui è stata riconosciuta diversa solo nel 2009) de la que fue separada en 2009, las zonas que más frecuenta son las cercanas a los arrecifes.
Zoogeografía
Esta presente, generalmente a poca distancia de la costa, en todas las aguas tropicales u subtropicales de los océanos Índico y Pacífico, incluidos el mar Rojo y el golfo Pérsico. No aparece, en cambio, ni en el Atlántico ni en las costas americanas del Pacífico, lugares donde sí vive la Mobula birostris.
Ecología-Hábitat
La Mobula alfredi vive a profundidades comprendidas entre la superficie y los 120 m, donde, mientras nada, ingiere el plancton que encauza hacia el enorme “embudo” oral utilizando dos anchas aletas cefálicas.
Nadar en este caldo viviente, además de proveer de copiosas comidas, puede presentar problemas: en este caso son los pequeños parásitos que se aferran a la piel de la manta, causándole no pocas molestias. Ella, sin embargo, no se da por vencida y para desembarazarse de ellos recurre en ocasiones a medidas drásticas.
Es entonces cuando se la ve realizando saltos espectaculares fuera del agua: el poderoso cuerpo, de centenares de kilos, emerge de las olas y vuelve a caer con un atronador estruendo.
Cuando el método violento no da los resultados esperados se dirige a las estaciones de limpieza. A diferencia de nuestras estaciones de servicio, en las que el propio automovilista rellena el depósito, estas estaciones de limpieza las llevan por completo los propios “trabajadores”, generalmente lábridos, que , cuando el cliente se acerca van rápidamente deslizándose por la “carrocería” para limpiarla de los animalillos que a ella están aferrados.
Morfofisiología
La anchura máxima registrada de punta a punta de las pectorales es de 5,5 m, aunque la media ronda los 4 m, muy lejana de los récords establecidos por la Mobula birostris, mientras que la longitud de la cola en forma de látigo va en función de la cuán amables sean los tiburones que la acosan. Cuando está intacta mide en torno al 123 % de la longitud de cabeza y tronco.
El color del dorso es negro, con zonas más claras en los bordes posteriores de las pectorales y en la “nuca”, donde se encuentran las dos manchas más grandes blanquecinas provenientes de los lados de la cabeza.
El vientre es de un blanco más o menos marcado y está constelado de manchas oscuras de tamaño variable que pueden ser usadas, mediante fotografías, como “huellas dactilares” del pez, lo que permite individuar siempre al pez, habiéndose obtenido como resultado el conocimiento de algunas rutas migratorias, las distancias recorridas y la edad de algunos ejemplares.
Una Manta de arrecife adulta de alrededor de 20 años, por ejemplo, fue reconocida y fotografiada veinte años después de la primera foto, lo que permitió estimar en al menos 40 años la longevidad de esta especie. Se pueden encontrar también ejemplares melánicos cuyo vientre es negro con pocas manchas blancas.
Además de la majestuosidad del “vuelo”, que con lentos batidos de ala hacen que el pez efectúa maniobras espectaculares, el detalle que más llama la atención cuando se la encuentra bajo el agua es la increíble cavidad oral que muestra en su interior las grandes hendiduras branquiales y el armazón cartilaginoso de la parte dorsal.
Las dos grandes aletas cefálicas alargadas hacia delante se curvan como manos palmeadas y reúnen, como si fuesen un gran embudo móvil, la sopa planctónica en la boca.
El interior de la cavidad oral aloja alrededor de 300 filas de minúsculos dientes del tamaño de una cabeza de alfiler que sirven a los machos para aferrar a las hembras durante los momentos de mayor intimidad.
La cola en forma de látigo es desnuda y sobre ella en el punto de inserción encontramos la única aleta dorsal, pequeña.
Etología-Biología reproductiva
Considerada en el pasado un pez peligroso que abrazaba con sus poderosas aletas a los nadadores, ahogándolos, actualmente, gracias a la ciencia submarina y el creciente número de investigadores submarinistas, esta habladuría fue desmentida y el animal ha vuelto a ser, incluso en el imaginario colectivo, ese gigante amable que nunca dejó de ser.
Aún hay voces que disienten, pero son de los animales planctónicos que, efectivamente, no las tienen todas consigo dado que cada manta consume de media una treintena de kilos de estos organismos al día.
El único peligro en nuestros encuentros con la Manta de arrecife puede derivar solo de un comportamiento equivocado. Un submarinista que molestase a un pez de tan gran tamaño podría recibir un violentísimo golpe infligido, sin querer, por una aleta o por la cola del animal huyendo.
Aparte de los parásitos que le atacan, la Manta de arrecife no tiene enemigos naturales, excepto algún tiburón tigre (Galeocerdo cuvier) que trate de amputarle la cola o que ataque a ejemplares maltrechos.
Naturalmente también el hombre constituye un depredador para esta especie. Aunque se intenta protegerla con programas de conservación, cada año se matan alrededor de 5.000, entre mantas y especies afines, para producir el Peng Yu Sai, una sopa “milagrosa” elaborada con sus branquispinas desecadas, que supuestamente tiene los poderes sobrenaturales de purificar la sangre, eliminar muchas toxinas y reforzar el sistema inmunitario.
Si además añadimos las maravillosas curaciones de varicela y enfermedades de la piel, el resultado del combate es claro y, por desgracia, cuando el hombre es uno de los contendientes, todos los animales son perdedores.
Aún queda la esperanza de que algún caballero oriental para incrementar aún más los beneficios atribuya a la sopa de branquispinas, además de las sensacionales virtudes ya expuestas, la de ser sucedáneo de “ciertas píldoras azules”.
Afortunadamente, además de los hombres de negocios, existen programas como el “Manta Trust”, que reman en sentido contrario, promoviendo la conservación de estos gigantes.
Esta organización ha conseguido resultados importantes, como la institución de las áreas marinas protegidas de la bahía de Hanifaru y Anga Faru, en el atolón de Baa en las Maldivas, que son algunos de los principales sitios de reproducción de las mantas (y actualmente figuran como Reserva de la Biosfera de la Unesco).
En estos puntos comienzan a reunirse centenares de Manta de arrecife durante la estación lluviosa, cuando el clima y las corrientes multiplican exponencialmente el “caldo” de plancton. Estos grandes congresos son preparatorios para los apareamientos.
Uno o más machos persiguen a una hembra, a la que el vencedor fecundará mientras la aferra con los dientes por una aleta pectoral. La ceremonia es muy corta ya que el afortunado necesita volver a respirar, concluyéndose en alrededor de 90 segundos. Ella, que es ovovivípara, dará a luz a una o dos crías tras un periodo de entre 9 y 12 meses. La resiliencia de la especie es baja y el tiempo de duplicación de la población puede variar entre 4,5 y 14 años. El índice de vulnerabilidad a la pesca es altísimo, de 76 en una escala de 100.
Sinónimos
Ceratoptera alfredi Krefft, 1868; Manta alfredi (Krefft, 1868); Manta fowleri Whitley, 1936; Manta pakoka Whitley, 1936.
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